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Humberto Zurita
Volví a nacer cuando decidí ser actor
Publicada en la Revista no. 50 el 01 de diciembre 1999
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Por José Antonio Fernández F.

Humberto Zurita forma parte de una familia de diez hermanos. Él es el único actor.
Nació en Torreón, Cuahuila. Cuando era adolescente combinaba sus estudios con el trabajo. Se empleó en una tienda de muebles de acrílico en la que llegó a ser socio. Le iba bien y tenía ya una forma de vida. Para ese tiempo jamás había visto una obra de teatro. Estudiaba la preparatoria abierta por las noches. Entonces un amigo de la prepa, Manuel Martínez, lo invitó a que hiciera el papel de Jesucristo Superestrella en una obra de teatro. Hasta ese día Zurita nada había tenido que ver, ni tampoco su familia, con el mundo de la actuación. Inclusive "tenía una subestimación del medio de los actores. Vivía otro mundo. Estuve en un seminario 3 años, en plena adolescencia.
De entrada le dije a Manolo que estaba loco. Sin duda había un machismo en mi respuesta. Insistió y me invitó a ver una obra.
Un grupo de México andaba de gira por Torreón con la ópera rock Tommy. Fui a verla y me enamoré. Los actores no eran profesionales sino universitarios. Me sentí muy fuerte, pleno y lleno luego de verla. Entonces decidí, como Antonin Artaud, que tenía que volver a nacer, que esa era mi vida y que quería ser actor. Fue una situación muy curiosa. Al salir le dije a Manolo que sí aceptaba y pusimos la obra. Él fue el director".

José Antonio Fernández: ¿Tu amigo Manuel Martínez siguió la carrera de director?
Humberto Zurita
: Es antropólogo. Tengo muchos años de no verlo.

J.A.F.: ¿Cómo les fue con Jesucristo Superestrella?
H.Z.:
Era una obra escolar y tuvimos mucho éxito. Para mí fue muy importante porque me encontré, como decimos en mi pueblo, un veinte... un regalo.
Descubrí que tenía cierta sensibilidad para expresarme, para interpretar en el escenario. Ahí me vio el maestro Rogelio Luévano, que dirigía teatro universitario, y me invitó a hacer
un papel pequeñísimo en la obra Cazadores de Paco Ignacio Taibo. Como yo ya me había enamorado de la actuación, acepté y no faltaba a los ensayos. Me quedaba de principio a fin. Llegué a conocer la obra muy bien. Un día se enfermó el protagonista de la historia y el maestro Luévano preguntó quién quería sustituirlo. Alzé la mano y dije yo. Me sabía toda la obra. Llegué a representar tres personajes.
En esa obra me vio Magdalena Briones de Acosta, una mujer que fue maestra de Pilar Rioja y que dirigía la Casa de la Cultura de Torreón. En esos días ella escribía la obra Hipótesis, que era para bailarines. Pensó que yo era bailarín porque hacía muy bien el personaje del cojo en Cazadores.
Yo no bailaba, dominaba muy bien mi cuerpo porque durante muchos años practiqué Tae Kwon Do y eso te enseña a controlar el cuerpo a detalle. Le aclaré que no era bailarín, pero me dijo que había escrito el protagonista para mí y que quería que hiciera el papel. Así representé tres obras en dos años.
Un día llegaron a Torreón María Rojo y su esposo Marco Antonio Montero, que era el que manejaba Bellas Artes. Me vieron en Hipótesis, al término de la obra subieron a mi camerino y me invitaron a venirme a México. Me dijeron que yo tenía muchas aptitudes y gua gua gua. Les dije que sí, aunque sin darles demasiada importancia.
Yo venía seguido a México porque compraba lámparas para la tienda. Un día visité a Montero. De inmediato me atendió. Llamó por teléfono y tuve la suerte que al día siguiente había un personaje para que yo actuara en una serie de televisión en la que se ponían en escena obras de teatro.
Llegué tarde, ya habían empezado. Me regañó el director, me quedé tres horas viendo y sentí que la televisión era muy fría y distante. No me gustó. Al otro día fui a ver a mi amigo Marco Antonio Montero y le di las gracias.

J.A.F.: ¿Aún cuando en ese tiempo la televisión ya era importante?
H.Z.:
No lo sentía en ese tiempo así. Cuando llegué al foro no me gustó el manejo. El director era muy rollero y utilizaba todo para su lucimiento personal.
En el ambiente se sentía corrupción. Vi malos tratos. El tipo que me recibió era gay. Toda la mala imagen que yo tenía del medio me apareció de golpe en la realidad y no quise quedarme.
Le dije a Montero que no me interesaba la televisión. Me pregunto qué quería. Le respondí que tenía interés en estudiar en una escuela de teatro. En ese momento me nombró cinco escuelas. Una de ellas era el CUT, el Centro Universitario de Teatro, donde yo posteriormente estudié.
Salí de su oficina. Le platiqué de mi reunión a una buena amiga y me dijo que tenía que ver la obra de teatro In Memorian de Héctor Mendoza, quien era director del CUT. Al día siguienter asistí a la obra y me pareció maravillosa. Innovadora y audaz, una de esas obras que le dan un vuelco al teatro.
Al otro día regresé con Montero y le pedí que me echara la mano para entrar al CUT. Pero me dijo
que no me podía ayudar, que Héctor Mendoza era muy estricto y que las cosas ahí no funcionaban por recomendación. Fui a la UNAM y me dijeron que ya no había inscripciones para el CUT. Entonces mi amiga me llevó al CUT. Llegué y le dije a la secretaría que tenía una cita con Héctor Méndoza. Era mentira. Me pasaron a una sala.
Esperaba ver a un tipo de pelo largo con morral y huaraches. De pronto entró un señor de traje, me meto a su oficina, me presento y le digo que quiero ser actor. Héctor Mendoza me escucha y me dice que en 20 días empezaría un propedéutico. Tomé el curso que estaba cargado de muchos ejercicios físicos y de improvisación. Yo tenía mucha hambre de hacer cosas creativas. Para ese momento ya se me había despertado algo que me encantaba.
Ahí me quedé 7 años haciendo teatro universitario.

J.A.F.: A mucha gente se le aparecen oportunidades
en la vida y no las toma por miedos. A tí se te fueron presentando oportunidades y las tomaste. ¿Había miedos? ¿Apoyos de la familia?
H.Z.:
A mí me encantó el ser actor y creo que entré en un momento de inconciencia que me hacía ir a una cosa y luego a otra.
Cuando me vine a vivir a México mi familia tampoco tenía la conciencia de que me convertiría en actor.
Para mantenerme vendía seguros de vida. Vivía en un cuarto de azotea de la colonia Roma. Me iba en una bicicleta de carreras al CUT. (La puse de moda y al tiempo todos llegábamos en bicicleta. Creo que algunos pensaban que lo hacía por snobismo). Mis papás no entendían bien a qué me dedicaba.
Pero ahí empecé a vivir por mí mismo. Afortunadamente no tenía dinero para irme a reventar con los amigos. Me dediqué a comprar libros y a leer. Conocí a los existencialistas franceses y a los poetas malditos. Me pasé tres años encerrado en mi cuarto de azotea. Le hice un tapanco para poder dormir arriba y estudiar abajo. Me iba muy bien en el CUT, todos los maestros querían trabajar conmigo. Montamos la primera obra y la crítica especializada me dio todos los premios de ese momento. A la siguiente puesta en escena sucedió lo mismo. Me llamaron para hacer cine y televisión y no quise ir. Estuve 7 años concentrado en el teatro universitario.

J.A.F.: ¿Por qué no aceptabas, era cuestión de ideología?
H.Z.:
Aceptar en ese momento era prostituirme.

J.A.F.: ¿Te sirvió mucho el CUT para lograr una disciplina?
H.Z.:
Decía el poeta español León Felipe que sólo los virtuosos pueden ver los ojos de Dios, y que para ser virtuoso se necesitan tres cosas: escuela, disciplina y método.
En el CUT yo concentré todos los esfuerzos para ser actor.

J.A.F.: ¿Cómo te convences de entrar a la televisión?
H.Z.:
Fue el paso del tiempo. Yo tenía muchas carencias. Seguía viviendo en el cuarto de azotea, me buscaba en la bolsa chiquita para poder comer, tenía un sólo traje. Ya en ese momento algunos de mis amigos del CUT estrenaban coche. Yo descubrí que había sido comerciante y que sabía ganarme la vida.
No recibía apoyo de mi casa porque éramos diez y pertenecíamos a una clase media bajona. Una familia con mucho amor pero sin excesos. No había para apoyar a un actor.
Un día me ofrecieron hacer El Avaro de Moliére con actores como Ignacio López Tarso y otros de primer nivel. Héctor Mendoza me dijo que la hiciera. De ahí me invitaron a la obra OK, en donde me vio Felipe Cazals que a su vez me invitó a participar en la película Bajo la Metralla. Acepté porque él dirigía cintas bastantes serias. Me gané un Ariel y una Diosa de Plata y me siguieron llamando. Me habló Ana Martín para un papel en la telenovela Muchacha de Barrio a la que primero me invitó de antagonista. No quise porque eran sólo unos 30 capítulos. A los pocos meses me contrató para hacer el estelar.

J.A.F.: El éxito siempre te sonríe. ¿Qué piensas de eso?
H.Z.:
Que he sido muy suertudo.

J.A.F.: ¿En algún momento ha pasado por tu cabeza que ya has hecho todo?
H.Z.:
Tengo unos 4 ó 5 años diciendo que ya no quiero ser actor. Pienso que la televisión echa a perder a los actores porque nos mete en un oficio y en una frialdad en la que nuestra sensibilidad y creatividad van quedando en segundo término. Estamos muy limitados por el género. Yo me he pasado ya casi 20 años de mi vida haciendo melodrama, y eso te hace mal porque te llena de vicios de actuación. Si no te quita virtudes sí te las opaca. Yo le agradezco a mi carrera la oportunidad que me da de relacionarme, de cultivarme, de sentir y de estar en un tiempo y en un espacio. Siempre he considerado que el teatro, el cine y la televisión se hacen en la mesa, porque es donde los actores nos conocemos a nosotros mismos y también a los autores, los personajes, la dramaturgia, el tono, el estilo y el género. Ahí está lo rico, lo de menos es hacerlo. Y en la televisión haces y haces y haces. No analizas nada porque o eres el bueno o el malo. Está llena de estereotipos. Y cuando manejas el oficio del apuntador ya no estudias.

J.A.F: ¿Por qué decides dirigir tus telenovelas?
H.Z.:
Hace 16 años formé la productora Zuba porque quería retroalimentarme. Por eso la primera obra que monté fue El cepillo de dientes, que pertenece al género del absurdo. Y también puse en escena otras como El beso de la mujer araña, buscando más necesidades personales que éxitos comerciales.
Y ahora ya estaba cansado y decidí dirigir. Es un nuevo oficio que estoy adquiriendo y que me llena de vida.

J.A.F.: ¿Qué es lo que persigues con el tipo de producciones que realizas, como La Chacala, Azul tequila y El Candidato?
H.Z.:
Me parece que la vida nos ha sonreído, que tenemos ya un nombre dentro del medio artístico y que es momento de retribuirle al público algo de lo que nos ha dado.

J.A.F.: ¿Podrías haber seguido en Televisa?
H.Z.:
Sí. Mi relación con el señor Azcárraga era muy buena, éramos de los consentidos. Yo lo quería mucho, pero creo que la vida tiene ciclos y que los hijos se educan para que un día se vayan. Pienso que el pluralismo le ofrece a la gente las oportunidades de ser diferente y de expresarse de forma distinta. Es muy importante poder colaborar en muchos lugares y ahí poner en práctica lo aprendido. Los actores no somos de nadie. Nuestra tarea es buscar un foro, un teatro, un parque, una esquina, un canal de televisión o cualquier otro espacio para expresarnos. Los monopolios en esta época no se valen. Ya no existen. Hoy podemos tener la oportunidad de estar aquí, ir a otro lado o regresar a Televisa.
Si nos ofrezcan un lugar para expresarnos en donde no impere la autocensura, ahí será un buen sitio para trabajar. La autocensura es una castración, y ni las televisoras ni nadie tienen derecho a manipular nuestras vidas ni nuestra creatividad sólo porque nos pagan un sueldo.

J.A.F.: ¿Hay autocensura en TV Azteca?
H.Z.:
Afortunadamente en esta empresa (TV Azteca) no tanto. Las tres cosas que hemos producido (Chacala, Azul tequila y El Candidato) no las podríamos haber hecho en Televisa. No se hubieran interesado nunca. Por eso para nosotros es una gran oportunidad. Yo he producido las tres y dirigido dos.

J.A.F.: ¿Al ser actor, productor y director te conviertes en un hombre de negocios de la televisión y del teatro?
H.Z.:
Cuando hice la obra Trampa de muerte conocí a Manolo Fábregas y él me enseñó que esto también es un negocio. Era un hombre muy duro pero muy honesto. Un día que negociábamos un contrato me dijo lo siguiente: sé que tú y yo llenamos el teatro, pero yo soy el dueño del balón. Le respondí que aceptaba que no me diera el aumento porque en cuatro años estaría montando una obra en su teatro.
Cuatro años después puse Dulce Caridad en el San Rafael.
Recuerdo que en los tiempos en que hacía teatro universitario siempre llegábamos todos en grupo a los ensayos y a las puestas en escena. Pero cuando me inicié en el teatro comercial observé que todos llegábamos solos... así te enteras que cada quien se rasca con sus propias manos.
El día que conversé sobre mi aumento con Manolo Fábregas comprendí que tenía que formar la compañía Zuba porque quería hacer mis propias cosas y porque yo costaba dinero. Vi que los demás arriesgaban dinero conmigo, entonces fue cuando tomé la decisión de yo arriesgar dinero conmigo. Venía de vender muebles en Torreón y me traté como un mueble. En ese momento rompí con esa parte artística y acepté que somos como un tomate maduro que cuando está bueno se vende y cuando no lo agarran y lo avientan al final del cajón. Es el trato infame que recibe, al fin de cuentas, cualquiera.
Pero a mí me interesó entender el juego, hacer lo que me gusta, realizar mis sueños, montar las obras que me convencen y, además, generar fuentes de trabajo.
Creo que uno viene a la vida a tomar decisiones, buenas o malas, equivocadas o no, finalmente el hombre es lo que hace.
León Felipe dijo: nadie fue ayer, no va hoy ni irá mañana hacia Dios por este mismo camino que yo voy. Para cada hombre guarda un rayo nuevo de luz el sol y un camino virgen Dios. Yo sí creo en eso. Que la realidad es un holograma de nuestra mente. Que nosotros somos los que tenemos que diseñar nuestra vida, para bien o para mal. El hombre que se puede escapar de su destino es el que fabrica el suyo propio.

J.A.F.: ¿Al tener más intereses por los negocios corres el peligro de dar muchas concesiones?
H.Z.:
Me parece que el hombre siempre concesiona. Lo importante es que no rompas tu integridad y tus principios porque entonces sí estaríamos hablando de prostitución. Eso no lo haría jamás.
Me considero un hombre rebelde.

J.A.F.: Tus tres telenovelas (La Chacala, Azul tequila y El Candidato) son muy fuertes. ¿Arriesgas mucho al poner en televisión historias tan duras? (Sabemos que el público sí aguanta narraciones tremendas en una sala de teatro o cine).
H.Z.:
El artista tiene que ser auténtico y mostrar lo que es y ha vivido, por eso hay directores de género y hay directores. Hay directores que están mostrando historias de lo que es, no pretenden mentirle al público. Creo que es una tendencia natural en mí (Christian y yo lo hemos hablado). Me intereso por los seres marginados. No intento que la gente viva lo feo, sino que reflexione por qué lo feo y por qué algunos personajes están marginados.

J.A.F.: En El Candidato todos los personajes podrían verse como malos...
H.Z.:
...O como seres humanos. Shakespeare decía: no hay buenos ni malos, los hombres actúan según su circunstancia. Y eso es lo interesante. Creo que la televisión debe cambiar. Que en su género por excelencia que es el melodrama podría tener subgéneros, y un buen intento es la pieza. Lo que pasa es que no estamos acostumbrados. La pieza te invita a reflexionar y a identificarte o no con una realidad.
Yo no quiero poner en televisión más fantasías de la niña pobre que se casa con el hombre rico. Es la historia que ha visto este país por años. Eso nos tiene adormilados.
Octavio Paz apunta en su libro Posdata que los mexicanos no podemos ser más porque no tenemos la cultura necesaria. Hay que darle al grueso del público la oportunidad de conocer otras historias. Podemos cambiar ¿Por qué siempre vamos a ser incultos? Lo malo es que te marginen y te dejen olvidado, no te pongan referencias y no te inviten a hacer algo más. El género que propongo es la realidad. La vida te da la oportunidad para que te ganes el cielo.
La libertad del ser humano lo lleva al éxito que es la felicidad; y la felicidad no es que yo conozca a una señora rica y me case con ella.



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